Es una imprescindible de la interpretación. María Pujalte ha logrado lo que no muchos consiguen y que es tener identidad propia y reconocible. Ha interpretado personajes que están en la memoria colectiva de todos y, como lo suyo es arriesgar siempre, ahora se enfrenta en la serie In Vitro a Ángela, una ginecóloga brillante pero desbordada, que atraviesa una crisis personal y se mueve entre la ironía, la vulnerabilidad y la falta de paciencia. Para hablar de todo su mundo y el camino recorrido mantuvimos una conversación sobre el oficio de actuar, la maternidad y la necesidad de mirar a los demás con empatía…
-¿Estás en modo Ángela o ya está olvidada?
Olvidada no, pero yo estoy ahora en modo de lo que estoy rodando en estos momentos. Yo te hablo como María y hablamos de Ángela, pero no estoy pensando en ella. Lo que guardo es un recuerdo estupendo de la serie, de los compañeros y de la experiencia vivida.
–Para rodar In vitro aprendes catalán, que no es tu lengua materna. ¿Cómo te enfrentas a la necesidad de encontrar la verdad emocional de un personaje cuando también tienes que estar pendiente de una lengua que no es la tuya?
Aprendí el guion en catalán con una coach maravillosa y trabajamos mucho la fonética. Soy muy perfeccionista, me doy muchas vueltas a las cosas y me critico muchísimo. Me sentía torpe y tenía que repetirme: «María, esto ya está; ahora tienes que pensar en el personaje, en lo que le pasa y en cómo construir los momentos de comedia». Pero era muy difícil no estar pendiente de si una S era sorda o sonora cuando decían acción.
¿Ese perfeccionismo no te hace sufrir demasiado?
Sí, porque nunca había vivido una experiencia así y quizá me vi un poco mayor para afrontarla. Cuando eres más joven eres más inconsciente. Para mí, actuar es cada vez más un ejercicio de libertad. Preparo los personajes y, cuando dicen acción, juego mucho más que antes. El catalán me aprisionaba un poco, porque me impedía sentir esa libertad. En cualquier caso, fue una nueva experiencia y todo suma.
“A mí me gusta la soledad y no ser el centro de atención fuera del trabajo”
-Ángela es una ginecóloga bastante desesperada y al límite, pero con un componente de humor. ¿Cómo se construye un personaje que puede resultar cómico, pero transmitiendo al mismo tiempo tanta vulnerabilidad?
Marc Crehuet, el director, escribe muy bien. Tiene una mirada muy humana, con mucho humor, pero también compasiva y amable. Ángela está al límite, atraviesa una crisis personal y está perdida. Puede ser borde, pero debajo hay esa vulnerabilidad que comentas. Eso hace que sintamos empatía por ella. Al final, todos nos sentimos vulnerables en algún momento y nos solemos poner siempre del lado del más débil.
-En una clínica de fertilidad, la ciencia es fundamental, pero hay decisiones en las que entran en juego los sentimientos, las expectativas y hasta la desesperación. ¿El gran reto de Ángela (o de los profesionales de esa especialidad) es aprender a gestionar también las emociones de los demás?
La serie plantea precisamente ese equilibrio. Puedes entender cómo se siente una persona, pero como profesional tienes la responsabilidad de explicarle cuál es la situación. La realidad es la que es, aunque también es verdad que las cosas se pueden decir de muchas maneras. El lenguaje y la forma de comunicar importan mucho.
–In vitro mezcla comedia con drama para hablar de una realidad que, en algunos casos, puede ser dolorosa. ¿El humor nos ayuda a afrontar situaciones que, de otra manera, nos resultarían demasiado difíciles mirar de frente?
Para mí, el sentido del humor es un arma poderosísima para hablar de cosas importantes, incluso de aquellas que nos desagradan. Un humor amable, tratado con suavidad, nos vuelve más receptivos. No todo el humor busca la carcajada; a veces sirve para plantear cuestiones y ayudarnos a pensar sobre cómo vivimos y cómo somos como sociedad.
¿Dónde estaría la frontera entre hacer reír y trivializar un problema?
En la inteligencia con la que se aborda. Escribir buena comedia es muy difícil: hace falta una mirada madura y crítica, capaz de comprender lo trágico de la vida y, aun así, encontrar una forma de hacernos reír. Pienso en Billy Wilder y en el final de Con faldas y a lo loco. Para llegar ahí hace falta entender mucho de la condición humana. El humor puede ser muy sutil. En Galicia, nuestra tierra, el sentido del humor está muy presente en la conversación cotidiana. No siempre es un chiste. A veces, algo navega por debajo de lo que decimos. Y eso es muy sano.
-¿Ha cambiado en algo tu mirada sobre la reproducción asistida después de hacer la serie?
Sí. Era un mundo que me resultaba bastante ajeno. No sabía que Barcelona fuera una ciudad de referencia en este ámbito, ni conocía la dimensión del negocio y la cantidad de personas que recurren a estas clínicas. Tampoco tenía tan presente que algunas mujeres jóvenes decidan congelar sus óvulos. Yo nunca he querido ser madre; lo tuve claro desde muy joven, así que la maternidad me resulta ajena en lo personal. Precisamente por eso, el trabajo me ha permitido acercarme a otras realidades.



-La reproducción asistida plantea preguntas complejas sobre hasta dónde puede llegar la ciencia y dónde deberían situarse los límites. ¿Es interesante que una serie de entretenimiento abra también este tipo de debates?
Creo que sí. Si la ficción abre una pequeña ventana para que la gente piense y reflexione sobre las decisiones que toma en su vida, ya está haciendo algo importante. La ciencia amplía las posibilidades, pero conviene pensar qué implican. Tener un hijo es algo para toda la vida y no se trata de una decisión que afecte solo a quien la toma. Para mí, la maternidad tiene mucho más que ver con el amor, la educación y la protección que con la idea de que un hijo sea «mío».
-A estas alturas de tu trayectoria, en la que has tenido personajes que están ya en la memoria colectiva del espectador ¿Qué le pides a uno nuevo para que te merezca la pena embarcarte en la aventura?
No siento que una carrera llegue a un punto en el que ya estés instalada. Siempre estás empezando de nuevo. Si pasa un tiempo sin que suene el teléfono, te agobias y piensas que no te van a llamar nunca más; cuando suena, te alegras como si fuera la primera vez. Somos frágiles y chulitos a la vez. En esta profesión se dice que vales lo que vale tu último trabajo, así que, cuando llega una buena racha, hay que aprovecharla.
“Si pasa un tiempo sin que suene el teléfono, te agobias y piensas que no te van a llamar nunca más. Cuando vuelve a sonar, te alegras como si fuera la primera vez”
-¿Has aprendido algo de todos y cada uno de ellos que te hayan hecho entender mejor la vida?
Para preparar un personaje tienes que documentarte e intentar comprender una situación que quizá nunca has vivido ni te habías planteado. Puede ser otra época, otra profesión o un conflicto muy distinto al tuyo. Ese ejercicio te obliga a reflexionar sobre el ser humano. Es una de las cosas más bonitas del oficio: ampliar la mirada y tratar de entender a los demás, incluso cuando no compartes lo que hacen.
-Hablas de la interpretación como un juego y un ejercicio de libertad. ¿Cómo vuelves a ti después de un personaje?
En el fondo, estás jugando, aunque lo hagas con toda la seriedad y profesionalidad del mundo. Si te dejas llevar, puede ser muy liberador, porque te olvidas de ti durante un rato. Después tienes que volver a casa, hacer la cama, limpiar y ocuparte de la vida corriente. A mí me importan mucho esos pequeños placeres: quitarte el personaje, colgar la ropa y volver a casa.
¿Qué lugar ocupa la exposición pública en una profesión en la que tienes que mostrarte constantemente?
A mí me gusta la soledad y no ser el centro de atención fuera del trabajo. La exposición puede sobrepasarte, sobre todo cuando empiezas o necesitas desconectar y cargar las pilas. Pero, al mismo tiempo, lo que hacemos es muy bonito. A veces me he preguntado qué utilidad tiene mi trabajo, hasta que alguien te cuenta que estaba en el hospital y que una serie le ayudó a olvidarse un rato de lo que estaba viviendo. Esa es una de las mayores recompensas.
-Si el espectador termina de ver In Vitro y se queda pensando una sola cuestión ¿Cuál te gustaría que fuera?
¡Qué buena pregunta! Nunca me lo había planteado. Posiblemente reflexión y empatía. Ya es mucho, sobre todo ante una cuestión tan importante como la que hemos tratado.
Fotos posadas de Jesús Ugalde. Fotogramas de la serie In Vitro
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“Me importan mucho los pequeños placeres cotidianos. Hacer la cama, limpiar y ocuparte de la vida corriente. Quitarte el personaje, colgar la ropa y volver a casa”
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“Soy muy perfeccionista, me doy muchas vueltas a las cosas y me critico muchísimo”
“La frontera entre hacer reír y trivializar un problema está en la inteligencia con la que se aborda”
“Yo nunca he querido ser madre, lo tuve claro desde muy joven. Precisamente por eso, In Vitro me ha permitido acercarme a otras realidades”
“Para mí, la maternidad tiene mucho más que ver con el amor, la educación y la protección que con la idea de que un hijo sea «mío»”
“No siento que una carrera llegue a un punto en el que ya estés instalada. Siempre estás empezando de nuevo”
